Fue el 12 de marzo cuando nos llegó -que no sorprendió- la noticia: "Ha muerto Miguel Delibes, el alma del castellano". Primer error: las almas no mueren; son, por defnición, inmortales, por lo que nunca estaré de acuerdo con la primera parte de la frase. Delibes, y en él mismo su obra, no pueden morir.
Fue cuando tenía apenas 14 años cuando leí Él camino y me emocioné con Daniel el Mochuelo; después fue un comentario de texto de un fragmento de Las ratas que aparecía en ese libro de literatura de 2º de BUP azul y cuadrado y que firmaban Lázaro Carreter y Vicente Tusón, y en el que todas (el instituto era entonces femenino) nos sentimos aliviadas al leer en boca de los campesinos las palabras que anunciaban la llegada del norte. A partir de ahí, nada se me resistió: El príncipe destronado, Los santos inocentes (qué magnífica adaptación de Camus e interpretación de Francisco Rabal), Cinco horas con Mario, La parábola del náufrago, La hoja roja (qué bella metáfora de la vejez y qué bien descrita esta época de la vida), La sombra del ciprés es alargada, Viejas historias de Castilla la Vieja (que he releído varios cursos con mis alumnos), Diario de un cazador, la emotiva Mujer de rojo sobre fondo gris... hasta la inconmensurable El hereje. Incluso algunos libros sobre caza y ecología, sus artículos de prensa... Con todo él he disfrutado, me he emocionado, he sonreído, he reflexionado... Y siempre he aprendido. Porque de Delibes sólo puedes aprender, apenas sin darte cuenta, mientras disfrutas, mientras piensas, mientras descubres y celebras el encuentro con esas palabras que era un maestro en utilizar.
Por ello, y por su enorme calidad humana y su magnífica lección de coherencia y de humildad, Miguel Delibes, que está en el Nini, en Daniel el Mochuelo, en Azarías, en Mario y en Carmen y hasta en esa mujer de rojo sobre fondo gris, no puede irse. Y siempre, sempre, estará conmigo. Lo aseguro.